De un modelo ecológico a una industria intensiva

Los seres humanos aprendimos, hace más de 10.000 años a obtener un mayor rendimiento de los recursos vegetales que la naturaleza nos brindaba a partir de la domesticación de las distintas especies de plantas, naciendo así la agricultura, y permitiéndonos pasar de ser nómadas, a establecer asentamientos y comenzar nuestra andadura hacia la civilización. Durante miles de años hemos utilizado técnicas que utilizaban la energía solar y los recursos locales para la explotación de la tierra, pero a partir del s. XX ocurre una revolución en el escalado del uso de las energías fósiles en su aplicación a la agricultura, así como el uso de productos químicos para aumentar el rendimiento de los cultivos, con el consecuente impacto medioambiental. La creciente demanda de productos alimenticios debido al aumento exponencial de población (1.000 millones de personas en el año 1800 frente a los más de 7.000 ya en 2011) han agravado este impacto. El sistema agroalimentario moderno está sufriendo una transformación en los últimos años hacia un modelo más respetuoso y sostenible, no solo para reducir la huella de esta industria en el entorno natural, sino porque numerosos estudios han demostrado que, en términos de salud, un consumo de productos orgánicos es mucho más saludable.

Cultivos responsables

El uso de combustibles fósiles ha disparado la huella de los gases de efecto invernadero (GEI) que como es bien sabido, tienen acción directa sobre el tamaño de la capa de ozono, el calentamiento global, la lluvia ácida o el smog. La densidad de la cobertura forestal tiene un efecto que contrarresta el impacto de los GEI, dado que las plantas son reservas de carbono en forma de biomasa, y contribuyen, con su fotosíntesis, a la reducción del nivel de dióxido de carbono en la atmósfera. La agricultura, llevada a cabo en condiciones respetuosas con el medio ambiente, puede contribuir a la biodiversidad y detener la erosión y desertificación. En concreto, las especies vegetales leñosas, como los árboles, son especialmente eficientes en este sentido.

Según un estudio de la Universidad de Córdoba, de la Cátedra de Ganadería Ecológica ECOVALIA, el olivar posee cualidades especialmente eficientes para la mitigación de emisiones de GEI, dado que se trata de una especie leñosa de crecimiento lento (lo cual significa un alto secuestro a largo plazo de biomasa, y esto se traduce en una mitigación por la acumulación de carbono). Este cultivo es destacable, por ser uno de los principales en España.

En Andalucía en concreto, concentra la mayor superficie de olivar de este país, siendo, cada vez más, superficie dedicada a las técnicas de cultivo ecológicas y respetuosas con el medio ambiente.

Por su parte, en España, la producción ecológica está regulada desde el año 1989, ocupando el primer puesto en superficie de agricultura ecológica de toda la Unión Europea (2.082.000 hectáreas en 2017), estando, además, entre los cinco primeros países del mundo y con una tendencia al alza (un crecimiento anual medio de la superficie total del 4,7% en los últimos 5 años)

Pero ¿qué es exactamente la Agricultura Ecológica?

La agricultura ecológica, o biológica, se entiende como el sistema de producción que utiliza los recursos naturales de forma eficiente, pero reduciendo el impacto en el medio ambiente, sin generar residuos contaminantes, y sin romper el ciclo biológico de la naturaleza. Esto significa suprimir la utilización de productos químicos sintéticos, ni utilizar organismos genéticamente modificados, para generar alimentos de máxima calidad, y, por otro lado, garantizar la seguridad alimentaria.

La práctica de esta forma de agricultura genera además sinergias positivas para el entorno, tales como favorecer el desarrollo rural, aumentar la fertilidad de los suelos, evitar formas de contaminación, preservar la biodiversidad, mejorar la calidad de vida de sus prácticamente y además de ser medioambientalmente sostenible, también es económicamente rentable.

¿Por qué nos beneficia consumir productos ecológicos?

Los frutos de la agricultura ecológica se encuentran libres de pesticidas, que son químicos utilizados en la agricultura convencional y que tienen efectos perjudiciales para la salud (tanto la del agricultor como la del consumidor), y, además, dañan el entorno natural. Por otro lado, la agricultura no utiliza organismos genéticamente modificados (OGM) o también conocidos como productos transgénicos, de los cuales desconocemos sus efectos a largo plazo, y contribuyen a la pérdida de biodiversidad.

Los productos biológicos están libres de aditivos sintéticos, lo cual los hace más nutritivos, y están también libres de antibióticos (en el caso de la ganadería), lo cual nos libera del riesgo que supone que dichas sustancias químicas entren y se almacenen en nuestro cuerpo, en nuestros tejidos y liberen toxinas que afecten nuestro bienestar.

Por último, y teniendo en cuenta además que los alimentos ecológicos respetan y ayudan a conservar el medio ambiente, podemos decir que son mucho más sabrosos, ya que las plantas tienen la capacidad de desarrollarse con los ritmos propios de la naturaleza, lo que las hace estar en óptimas condiciones de generar frutos de la máxima calidad.

Agricultura Ecológica y Turismo

En Andalucía, la agricultura y el turismo son dos actividades con gran impacto en la economía y en la sociedad. En concreto, la agricultura ecológica genera más de 42.000 empleos, su renta agraria es de más de 400 millones de euros y posee un valor de exportaciones de 680 millones de euros (cerca de la mitad de la superficie española). En cuanto a la industria ecológica los más destacadas son las destinadas al envasado de hortalizas, seguidas de las almazaras ecológicas (412, las cuales muchas es posible visitar).

Por otro lado, el principal producto ecológico de Andalucía es el aceite (76.982 hectáreas destinadas al cultivo bio de olivar).

El hecho de que la gastronomía sea un elemento tan importante en la cultura española y mediterránea, de que España y Andalucía tengan un Patrimonio y un legado tan significativo en cuanto a su historia, y que esta riqueza esté acompañada de las mejores prácticas en la producción de alimentos de la mejor clase, significa un sello de garantía a la hora de poder disfrutar de una gastronomía típica y tradicional, respetuosa con el medio ambiente y que conserva todo su sabor y autenticidad, piezas claves de un turismo sostenible y de la mejor calidad.